MI PASEO MILLONARIO

En Bogotá, una de las cosas imposibles a las 6:00pm es conseguir un taxi libre. Otra de las cosas imposibles, a cualquier hora del día, es coger un taxi libre en la calle. Pero la más imposible definitivamente es, que un taxi le pare a uno y le pregunte para dónde va, pero sobretodo, correr con mucha suerte y que no le vaya a hacer el “Paseo millonario”. Hoy, a mi me pasó eso…lo imposible. 
 
Luego de haber perdido una reunión por no conseguir taxi, y resignarme a coger el primero que se me cruzara en el camino, aparece Victor Manuel, un taxista de 45 años, con la casualidad de tener la misma ruta mía (En Colombia es muy normal que el taxista pregunte al pasajero si le sirve a dónde va uno, y no al contrario). Su preocupación era encontrar un pasajero (como yo), que tuviera la misma ruta (como él), para así, poder recoger en el trabajo, y llevarle su comida, como todos los días a las 7:30pm a Claudia, su muñeca, su esposa, su razón de vivir. 
 
Tampoco suelo hablar mucho con los taxistas, pero con Victor es inevitable. Su sonrisa permanente al hablar de su vida, de sus historias ayudando a pasajeros, de sus 18 años enamorado de su esposa, de su orgullo de su hijo, de sus ahorros en tarros para luego irse de vacaciones con su familia, y de como disfruta manejar por las calles de Bogotá (con huecos y tranconces) desde las 4:30am, me hicieron sentir esa confianza que sólo logras con charlas con tus amigos de toda tu vida. 
El Taxista Millonario...

El Taxista Millonario…

Me contagió, no lo niego. “Todas las noches estoy esperando a Claudia con alguna bobadita para que vaya comiendo mientras llegamos a la casa. Trato de darle regalos todos los días, y el viernes almorzamos juntos”. 18 años…, y me muestra con orgullo las fotos de ella, y le pregunto si es feliz? Me sorprendo cuando me dice que no…

Hace dos meses la felicidad de Victor dejó de sonreír en su alma, porque por fuera, sólo puedo decir que transmite alegría. Pero este taxista de Subachoque, un pueblo cerca de Bogotá, tiene que ocultar su tristeza con sus gafas oscuras para no contagiar a los demás, como muy bien hacen los japoneses. Hace dos meses murió en un accidente vehicular Rafael, su hijo de 23 años. 
 
“No sé que más pruebas me tendrá Dios”, me decía, luego de contarme que hace unos años había perdido también a sus padres, y su único hermano gemelo. Pero ahí seguía, sonriendo, sonriéndome, contagiándome de esa alegria externa y haciéndome difícil creer que no fuera feliz. Por eso quise compartirles este viaje que se me convirtió en mi “Paseo millonario” de hoy. 
 

…Porque a pesar de estar invadidos de tristeza,

siempre hay un lugar para sonreír y contagiar,

un lugar para ser Felices Porque SÍ…

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